Es argentina y caminó 160 kilómetros para hacerle un pedido especial al Papa

Pero Salcedo no lo hizo sola: Caminó desde el condado de York, Pensilvania, hasta la capital norteamericana junto a un grupo de 100 mujeres que durante cuatro meses planearon el peregrinaje con el objetivo de llegar a tiempo para entregarle al Papa una petición en la que le solicitaban que en sus visitas a la Casa Blanca y al Congreso se convirtiera en “su voz” y planteara la lucha que llevan adelante por una “política migratoria justa”.
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“Que el Papa Francisco diga que las personas en el mundo, cuando emigramos, no debemos ser vistas como personas sin valor o fuera de lugar en la tierra que elegimos vivir”, explicó a Télam Salcedo, quien fundó en 2012 la organización “Madres de Dreamers” (jóvenes que llegaron al país norteamericano de niños), con la misión de alcanzar “justicia y dignidad para la comunidad inmigrante”.

Salcedo llegó a Estados Unidos desde Resistencia, Chaco, hace 16 años junto a su marido y sus tres hijos, y vivió durante 11 como indocumentada.

Sentir en primera persona “el temor de perder la familia con las deportaciones”, pero especialmente la situación de Diego, su único hijo que seguía sin residencia legal, la llevó a fundar la organización que hoy agrupa a trabajadoras domésticas en varios puntos del país y que elaboró la petición dirigida al líder del Vaticano, que desde que llegó a Roma en marzo de 2013 trabaja activamente por el tema de la inmigración.

Para definir la distribución de grupos y estar presentes en la mayor cantidad posible de lugares que Francisco visitaría en los dos días de estadía en la capital norteamericana, surgió la campaña “Nos mantenemos unidas. 100 mujeres. 100 millas (160 kilómetros)” y un 14 de septiembre pusieron en acción el proyecto que les significaría ocho jornadas de siete arduas horas diarias de caminata, con paradas para hidratarse, alimentase y descansar.

Y en los que, a pesar del agotamiento, nunca dejaron de organizar cada noche distintos eventos comunitarios para relajarse y compartir.

Entre las mujeres estaba Ana Cañenguez, quien decidió utilizar los mismos zapatos con los que varios años atrás cruzó el peligroso desierto para llegar a Estados Unidos, así como otra madre que cada noche, en los campamentos o lugares que las albergaban, debía respetar el tratamiento que llevaba adelante para combatir al cáncer y así continuar marchando al día siguiente junto a su hija.

Los últimos tres días, se sumaron también Claudia Salcedo, hermana de Alejandra; Ada Bermejo, y Alejandra Rodríguez, tres argentinas que, al igual que la mayoría de sus compañeras, luchan por su estatus legal.

Una vez en Washington, las madres -que ya eran 170- fueron recibidas por una iglesia local, donde descansaron y se prepararon para concretar finalmente su plan.

Algunas lograron ser parte de los 15.000 invitados que recibió la Casa Blanca al darle la bienvenida a Francisco, otras estuvieron en las cercanías del Congreso.

Pero la que correría con más suerte y sería la encargada de hacerle llegar la petición al Papa, fue Eva Romero, otra argentina que esperó pacientemente pegada a las vallas que demarcaban el recorrido que realizaría el papamóvil por la ciudad.

Romero, que vive en Miami y lucha contra su orden de deportación para no ser separada de su hijo, de nacionalidad estadounidense, fue quien acompañada por un gran cartel con los colores argentinos y la cara del pontífice, logró entre gritos entregarle la petición a un custodio de seguridad de Francisco.

“Nosotros sabíamos que él influenciaba en la inmigración acá, hablando espiritualmente, no políticamente. Nosotros sabíamos que podía hacer algo”, aseguró Salcedo satisfecha por el resultado.

Ya de regreso en su casa de Fort Lauderdale, Florida, la chaqueña no dudó en afirmar que todo lo que ocurrió con el Papa le dio “mucha fuerza” para seguir adelante con sus esfuerzos por los derechos de los inmigrantes.

“Vos llegás de las 100 millas y ya no sos igual a lo que eras antes”, concluyó quien hoy lidera una organización de alcance nacional que ayuda a madres migrantes indocumentadas que, a pesar de los riesgos, se levantan cada día y salen a trabajar en busca de un futuro mejor para sus hijos.

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